Dos murales de Tamayo, restaurados
Por: Regina Zamorano
N37

Dos murales de Tamayo, restaurados


El canto y la música (detalle), 1933. Mural al fresco

La jovencita Olga Flores era estudiante de piano cuando Rufino Tamayo llegó a la Escuela Nacional de Música a pintar su primer mural al fresco, en 1933. Aunque en ese momento ella se burló de los “monigotes” del pintor, un año después se casaron, para nunca más dejarse.
Con el paso de los años la obra, titulada El canto y la música, fue perdiendo su brillo y color, e incluso sufrió rayones causados por algunos visitantes. Además, se fue cubriendo con una capa de resina natural, que la oscureció a tal punto que llegó a pasar desapercibida, aun cuando se extiende sobre 80m2 de superficie.
Hoy puede disfrutarse nuevamente, gracias a la cuidadosa restauración que llevó a cabo el INAH, con la aprobación y supervisión del Centro Nacional de Conservación y Registro del Patrimonio Artístico Mueble (Cencropam), del Instituto Nacional de Bellas Artes (INBA).
El perito restaurador Jaime Cama Villafranca supervisó el proyecto, que duró un año y medio.
“Todo el proceso tendió a recuperar, en lo posible, la misma tonalidad que tuvo originalmente. Hoy tiene un tono mucho más anaranjado del que nos encontramos en su momento”, apuntó el especialista.
Para lograrlo, primero se limpió la superficie con un gel desarrollado específicamente para ello. Luego, se inyectó un adhesivo a base de cal y proteína de leche en dos mil puntos del mural, a fin de reestablecer la cohesión y estabilidad del aplanado que funciona como soporte del fresco.
La obra se encuentra en el cubo de la escalera y la pared de arranque del primer piso del edificio que ocupa la Subdirección de Laboratorios y Apoyo Académico, perteneciente al INAH, en Moneda 16.
Representa a mujeres indígenas que se entregan a la creación musical. Algunas cantan, otras tocan la mandolina, los crótalos o la corneta, es decir, los tres tipos de instrumentos: cuerdas, percusiones y metales. Varias flotan en el aire, como elevadas por el arte.
Para conocer El canto y la música, basta presentar una identificación en la entrada del inmueble.

REVOLUCIÓN
A unos pasos de ahí puede visitarse el fresco Revolución, plasmado en la entrada del Museo Nacional de la Culturas.
De acuerdo con la Guía de Murales del Centro Histórico de la Ciudad de México (Universidad Iberoamericana-conafe, 1984), Revolución (o El pueblo contra los tiranos) es el primer mural de Tamayo. Según ese estudio, lo pintó en 1930 y lo rehízo en 1938. En esa época Tamayo aún profesaba los ideales del Muralismo, y representó la caída del régimen porfirista.
La obra, con tratamiento ligeramente cubista, enmarca la puerta de la biblioteca. Muestra dos pares de figuras, un campesino y un obrero sometiendo a sus opresores. A pesar de la violencia de la acción, los personajes tienen los ojos cerrados y sus caras expresan angustia y dolor, más que de agresividad.
Más tarde, Tamayo se apartó de la Escuela Mexicana y de la técnica del fresco. Se consolidaría como pintor de caballete y sus murales serían transportables.

EJEMPLOS SINGLUARES
Bajo la dirección de Jaime Cama, estudiantes y egresados de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (ENCRyM) del inah restauraron, en siete meses, Revolución. Cuando se inició la intervención, el mural, que también abarca 80m2, presentaba daños por encontrarse a la intemperie, ya que su último mantenimiento fue en los años noventa. Asimismo, tenía pérdida de imagen, la cual se recuperó con la técnica rigatino, que consiste en elaborar un entramado de finas rayas superpuestas.
El resto del procedimiento fue igual que para El canto y la música.
Hoy los grises, rojos, negros, ocres y blancos han recuperado su brillo, para sorpresa y deleite de los visitantes.
Con estas dos restauraciones, el Centro Histórico recobra dos ejemplos singulares de su vasto patrimonio mural.